Un debate presidencial que no aportó nada

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Escribía Charles Dickens en su novela “Historia de dos ciudades”, publicada en 1859, que “Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos; íbamos directamente al cielo y nos extraviamos en el camino opuesto…”

De manera análoga, se podría decir que la Argentina vive hoy una especie de “Historia de dos realidades”, en la que conviven imaginarios muy diferentes y desiguales. Por un lado, se encuentra la realidad política y, por el otro, una comunidad nacional que sufre las consecuencias de una gestión política ineficiente, una distribución territorial desequilibrada y una falta de articulación entre los actores políticos, económicos y sociales.

Argentina todo lo tiene, pero nada posee. Atraviesa una situación de crisis social y económica que se ha agudizado por la recesión, la inflación, el desempleo, la pobreza, la deuda externa y la falta de inversión, que ponen en riesgo su propio futuro. Situación que no es nueva ni aislada. Se trata de un proceso histórico que tiene sus raíces en las políticas implementadas desde 1983 y que se profundizaron en la última década. Una fuerte subordinación a las empresas extractivistas, al mercado financiero internacional, a las presiones chinas y gringas, con problemas de entendimientos con los socios del MERCOSUR y una relación con Brasil indefinida. Sumado a un fuerte proceso de desindustrialización y cadenas de valor, desruralización y menor producción agrícola-ganadera y una carencia en infraestructuras estratégicas.

La matriz productiva nacional viene sufriendo una caída del producto bruto interno, pérdida de competitividad de sus sectores productivos, fuga de capitales en dólares, un aumento del endeudamiento público y privado, reducción de la inversión y el consumo y una disminución de los ingresos fiscales. Ello va generando un deterioro de las condiciones de vida de la población, un incremento de la pobreza, la indigencia, la desigualdad, la desocupación, la informalidad, la inseguridad, la violencia, el crecimiento del narcotráfico. A su vez, tenemos una crisis de representatividad y legitimidad de las instituciones políticas, una fragmentación del sistema de partidos, una debilidad del liderazgo y de gobernabilidad, y una falta de consenso y diálogo entre las distintas facciones políticas. A lo que se debe sumar una democracia en camino hacia el autoritarismo, donde el federalismo será letra muerta. Nuestra patria está agonizando.

En el debate de los “presidenciables” estos temas fueron desaparecidos. Los acuerdos de los distintos equipos que acompañaron a los tres liberales, al peronista no kirchnerista y a la nostálgica de Carlos Marx acordaron tramas que no visibilicen la realidad argentina. De una Argentina sin soberanía política, sin independencia económica y sin justicia social. Porque, lo que hay que salvar, no es a la patria y a su pueblo, es al régimen colonialista.

La puesta en escena de este Debate evitó reflexionar sobre el presente y el futuro, se anclaron en el pasado. Peor aún, generaron más desesperanza. Ninguno hizo mención de las potencialidades y las oportunidades que tiene la Argentina para superar sus dificultades y constituir un proyecto colectivo que mejore la calidad de vida de sus habitantes. De imaginar una comunidad mejor, más justa, más solidaria, más democrática y más participativa. Soberana e Independiente.

Para ello, es necesario generar un debate amplio y plural sobre los problemas y las soluciones que requiere nuestra patria, involucrando a todos los sectores sociales, económicos y políticos. Impulsando políticas públicas que promuevan el crecimiento económico con equidad social, que fortalezcan el tejido productivo con innovación y diversificación, que fomenten el empleo formal y decente, que protejan el medio ambiente y los recursos naturales, que amplíen el acceso a la salud, la educación, la vivienda y los servicios básicos, que reduzcan las brechas regionales y sociales, que garanticen la seguridad y el respeto a los derechos humanos, que mejoren la gestión pública con transparencia y eficiencia, que profundicen la democracia con participación y control social.

En definitiva, la discusión que el colonialismo, los grupos económicos y la “casta” política temen es al trasvasamiento generacional, la descentralización del poder político, las autonomías municipales para una democracia social, el regionalismo productivo, autonomía e independencia provincial, un federalismo real, reforma tributaria, control político, medios de prensa más federales. Donde el porteñismo, esa cosmovisión que tiene un sector de los argentinos que es atlantista y centralista, deje de considerar a nuestras provincias como lo hicieron en el S.XIX: unos miserables trece ranchos.

La Argentina posee una historia rica y diversa, una cultura vibrante e integradora, una comunidad activa e inquieta. Tiene también un enorme potencial para superar sus desafíos actuales y proyectarse hacia un futuro mejor. Pero para ello necesita recuperar la confianza en sí misma, en sus instituciones y en sus representantes. Necesita recuperar también el sentido común del bienestar colectivo por encima del interés individual o sectorial. Necesita recuperar finalmente su espíritu de disentir, pero constitutivo de mayorías, que siempre ha caracterizado a nuestro pueblo.

El debate presidencial dejó una sensación de decepción y frustración en la mayoría de los espectadores, que esperaban escuchar propuestas serias y factibles para salir de la grave situación que atraviesa el país. En cambio, lo que se vio fue un espectáculo de egos que no aportó soluciones a la crisis de la comunidad nacional.

Luis Gotte

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