Yo no soy Charlie

“La violencia es el miedo a los ideales de los demás”.

(Mahatma Gandhi)

No me gusta cómo solemos tratar los de occidente a los musulmanes. Tampoco me gusta cómo algunos musulmanes tratan a los no musulmanes. (Los hombres entre sí, en el mundo, no nos caracterizamos en especial por tratarnos bien los unos a los otros, ni siquiera entre pares).
Por supuesto que no justifico ningún tipo de violencia (ni la física, ni la psicológica, ni ninguna, como sea que se las quiera clasificar). Y aborrezco, en particular, la violencia que lleva a la estúpida, cobarde y cruel decisión de tomar las armas.
Me gusta distinguir la libertad de expresión como uno de los derechos más importantes que los seres humanos poseemos, pero no acepto que sea un derecho absoluto, sin límites. No considero que siempre esté por sobre otros derechos, como el derecho al honor, a la intimidad, al respeto a las profundas convicciones religiosas, políticas o sociales. Y mucho menos, que pueda ser utilizado de manera arbitraria y sin medida, cuando se tiene plena conciencia de que hiere concienzuda y deliberadamente —cuanto menos— profundas susceptibilidades.
El límite a la libertad de expresión es —por lo menos— la ética. Concepto que no debe confundirse con la moral. La ética es un acto singular, individual. En este caso, de escritores, dibujantes, periodistas, editores y cada quién, cada vez que se expresan o coadyuvan para que otros expresen ideas. Cada vez.
Algún reduccionista intentará hacerme creer que las ilustraciones son sólo libertad de expresión. O más aun, que es sólo humor. Y no, no es sólo humor. Es mucho más que eso.
Amparada en el humor, la libertad de expresión no puede ser llevada al extremo de enmascarar una ofensa. ¿Desde qué altura moral imaginaria alguien cree que es posible caricaturizar a un líder religioso a sabiendas de que ofende, e inferir que el humor es suficiente excusa y refugio? Reitero: la decisión de no ofender no es moral, es ética.
Nadie podrá negar que la pluma a veces se carga con violencia. A veces inocente y sin maldad consciente, a veces sutil y larvada, a veces provocativa y deliberada. Nadie podrá negar que la tinta, no es sólo tinta.
Insisto: ninguna acción derivada de la libertad de expresión justifica la reacción de levantar las armas contra quienes se expresan. Representar a Mahoma en dibujitos y hacer chistes con el Islam no debe jamás terminar con la vida de nadie.
La libertad de expresión dentro de un sistema democrático, comparada con la violencia del uso fundamentalista de las armas, tiene a su favor dar la posibilidad al ofendido del derecho a réplica o —en su defecto— dar lugar a la rectificación con sus respectivas disculpas. Las consecuencias de los actos de violencia, en cambio, no pueden ser reparadas, de ninguna manera.
Medios de comunicación y gente común en todo el mundo han salido con alma y vida a repudiar el sangriento hecho de violencia acontecido en París con la voz Yo soy Charlie. Sin embargo, las amenazas previas a los medios que se hacían eco de estas ilustraciones, más la ejecución de este salvaje acto de violencia, han logrado el efecto de imponer un miedo aun mayor. Hay medios que afirman condenar enérgicamente el acto sangriento, pero no se atreven a reproducir las ilustraciones cuestionadas sin algún tipo de troquelado cual autocensura. Y aun así se hacen eco del masivo: Yo soy Charlie.
Repudio con indescriptible dolor e indignación los actos de violencia. En especial, hoy en día, el ataque perpetrado contra la revista Charlie Hebdo.
Pero no, definitivamente yo no soy Charlie. Juan Pablo Garibotti
Abogado, Psicólogo,
Productor General de Revista Razones.
www.revistarazones.com

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