Sofía Aispurúa aún no debutó en su nuevo club en Italia, debido al parate por el Covid

Sofía Aispurúa es una de las jugadoras de básquet de mayor proyección que tiene Argentina. Con 25 años y con 11 de experiencia en la Selección, la ala pivote que dio sus primeros pasos en el Club Teléfono de Olivos, pero que tuvo su mejor versión en Obras, hoy está en Italia esperando que se reanude la actividad para defender los colores del Thunder Basket Matelica. La hija del Vasco, ex jugador de la Liga Nacional (de 1985 a 2004) y de la Selección (jugó el Mundial de 1986 donde Argentina venció a Estados Unidos, que después fue campeón), quiere escribir su propia historia.
“En la familia somos todos deportistas. Mamá jugó al básquet en su juventud y ahora lo hace con sus amigas en Capital. Papá lo hizo por más de dos décadas en la Liga Nacional. Mi hermana juega en Las Panteras. No nos imaginamos la vida sin el deporte. Nos criamos y crecimos haciéndolo. Es lindo compartir. Es una familia que sin el deporte no sería la misma. Agradezco a papá la vida que nos dio. Estar en el mundo del deporte es muy sano y te abre la cabeza y te da miles de oportunidades”, comenzó diciendo desde Italia, donde espera poder debutar con su nuevo club.
“También jugué al hockey, pero fue por corto período. Por mi altura (1,89 metro), me iba hacer mal la espalda por la postura que hay que tener, así que me duró poco el entusiasmo. Otro deporte que jugué, y todavía me prendo con mis amigos, es el vóley. Siempre dije que si no hubiera elegido el básquet, hubiera sido jugadora de vóley. Es un deporte que me encanta practicar, no mirar, pero si jugarlo”, asegura.
Abrazó este deporte a los diez años. Con su hermana Natalia fueron al Club Teléfono, donde su papá estaba dando los últimos pasos de su carrera, y viendo un entrenamiento de las formativas el DT las invitó a jugar. Las dos dijeron que sí. Sofía siguió con su amor a “La Naranja”. Nati lo hizo un tiempo y después se decidió por el vóley.
Es una jugadora con muchas condiciones. Es ala pivote, pero tiene características de alera, ya que tiene buen lanzamiento externo y buen rompimiento. Si bien es cierto ella dice que no hay un DT que la marcó a fuego, también asevera que sacó lo mejor de cada uno y, tal vez, el mejor entrenador lo tiene en casa: su papá. El Vasco jugó muchos años la Liga Nacional y defendió los colores de la Selección. Todavía está presente ese ganchito fulminante, sacando ventaja de sus 2,09 metros y de sus enormes cualidades. “Yo no soy pivote, así que no le pedí ticks del ganchito, pero me enseñó y me enseña otros fundamentos”, afirma.
La mejor versión de Sofía se vio en Obras. En 2016 tuvo una gran temporada y al año siguiente en la Liga Femenina, hizo el click madurativo para convertirse en profesional y sacar su boleto para estar hoy en Italia. Tuvo dos lesiones duras. Se rompió las dos rodillas. La resiliencia fue el caballito de batalla. Nunca bajó los brazos. Le metió para adelante como en cada partido. Se recuperó. Hoy está de nuevo al pie del cañón para ir tras sus sueños. Primero quiere consolidarse en su equipo, después buscar una oportunidad para jugar la Euroliga. Heredó el talento y el corazón de papá. Un combo perfecto para aspirar a llegar bien lejos.
No es de soñar. Prefiere ponerse metas cortas y alcanzables. “A veces soñás, trabajás mucho para lograrlo y, por cuestiones o causas que exceden a vos, no podés cumplirlo y ahí viene la desilusión. Soy más realista. Voy paso a paso viendo lo que se me presenta. Tengo como meta seguir creciendo en Europa. Llegar a una Euroliga. Eso lo veo alcanzable”, señala con la misma seguridad como si estuviera lista para romper el uno contra uno y encarar el aro para hacer una canasta.
Todavía tiene grabado a fuego en las retinas esas imágenes de su debut con Las Gigantes. Fue en Obras –su segunda casa- contra Islas Vírgenes. “No fue un partido donde la rompí, pero me acuerdo como si fuera hoy”, dice. Y no es para menos, el sueño de cualquier deportista es ponerse la camiseta de la Selección. “Es lo máximo que podés aspirar. Es algo hermoso, gratificante, más allá de la responsabilidad, ya que a veces no te das cuenta de dónde estás parada, y estás representando a tu país. Tenés que estar a la altura por la gente que confió en vos. Ponerse la celeste y blanca es un premio al esfuerzo por el deporte que uno ama y donde me encantaría estar hasta que me retire”, afirma.
Es familiera. Está cómoda en Italia pero extraña la comida de mamá, los consejos de papá, las largas charlas con su hermana. “A papá le pido consejos para temas actitudinales, cuando tengo un problema con algún entrenador o alguna compañera. Dónde ir. Qué hacer. El pasó por todo esto y siempre tiene la palabra justa. Me dice las cosas como son”, señala.
Si bien es cierto el retiro está lejos, porque tiene potencial para hacer una extensa carrera, sabe que cuando llegue el momento de decir basta, seguirá ligada al básquet, pero no como entrenadora, le gustaría ayudar desde otro ámbito, defendiendo los derechos de las jugadoras. Dar clínicas. Charlas. Estudió Relaciones Públicas; y se siente más cómoda dando una mano desde ese lado. Estar más en lo social que en lo deportivo.
Sofía Aispurúa, la chica que dio sus primeros pasos en el Club Teléfono, que tuvo su punto más alto en Obras, que hace once años viste la camiseta de la Selección Argentina, espera ansiosa en Italia que pase el flagelo del coronavirus, para poder saltar a una cancha y encarar el aro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.