No es en vano escuchar a un pueblo que reclama

En toda buena comunicación, dicen, es imprescindible escuchar, dialogar, consensuar, evitar la confrontación y la división marcada de intereses que a veces, hasta suelen ser antagónicos.

En esta realidad argentina, sesgada por cruces y enfrentamientos entre el poder político y quienes no lo avalan, millones de argentinos se autoconvocaron en el denominado 8N, para levantar la bandera de la clase media, cada vez más afectada por la inflación, la inseguridad, y la obsesión presidencial de querer modificar la Constitución, para que Cristina sea nuevamente reelecta. Al margen de otros reclamos, como el 82% móvil a los jubilados, y el endeudamiento interno en el que se encuentra la Nación con su mismísimo Banco Central, que usó las reservas para cancelar números con el FMI, pero que generó una deuda por argentino de 365 dólares por segundo.

En este escenario, desde hace años, el gobierno kirchenerista apela a la “unidad nacional y popular” para unir voluntades a su proyecto, que fue avalado en las últimas elecciones por un 54% del electorado. Lo que no quita que el otro porcentaje o parte de ese 54% hoy en día ya no tolere el avasallamiento oficial, por sobre la voluntad de medios, periodistas o gente común que por el sólo hecho de pensar diferente, automáticamente se transforman en “enemigos”. En ese aspecto, el Gobierno ha sido muy hábil en generar esa crispación social y a la vez, al captar a los sectores más populares, se sintió cómodo con un colchón de votos que pareciera, utiliza para hacer y deshacer lo que se proponga.

Tal es así, que hoy, por ejemplo, no hay representantes firmes de ninguna fuerza política opositora, ya que muy hábilmente, el kircherismo, allá por 2003, pudo cooptar a los principales dirigentes y gobernadores opositores, para que acompañen el proyecto. Este argumento fue usado por el oficialismo para definir al 8N, militantes de La Cámpora sostenían que estas personas que se manifestaron en contra de un proceso de gobierno -que se erige como omnipotente-, no tenían un rumbo fijo ni un representante que los nucleara: “parecían zombies sin destino”, argumentaban.

Pero precisamente, el peor enemigo de Cristina es el pueblo mismo que salió a la calle. Esa clase media a la que veneró argumentando que creció en los últimos años, y a la que hoy mira de reojos. Ella, se fortalece en el cruce mano a mano con los líderes opositores, porque los minimiza en toda expresión. Así, por ejemplo, pudo darse el gusto de sacarse de encima al líder camionero Hugo Moyano (mandamás de la CGT), quien hasta no hace mucho tiempo compartía actos oficiales con la Presidenta.

La gente trabajadora, la que quiere vivir en paz y hacer valer su esfuerzo, sus ahorros, la que estudia para que un país progrese, la que aporta con sus impuestos cada peso que el Gobierno Nacional los transforme en políticas inclusivas o en servicios, necesita ser escuchada. Es necio pensar que el Gobierno no haya tomado en cuenta este reclamo popular y masivo; ysería más saludable bajar las pancartas del odio, de la crispación, de los enfrentamientos, del ser o no ser. Y ponerse, entre todos, a construir un país con más justicia, educación, trabajo, seguridad. Si este fue el mejor gobierno de los últimos 200 años, según el oficialismo, por qué no podemos imitar los buenos ejemplos que llegan desde países como Brasil?

Un pensamiento en “No es en vano escuchar a un pueblo que reclama”

  1. En el diccionario de la R.A.E, crispar es causar contracción repentina y pasajera en el tejido muescular o en cualquier otro de naturaleza contráctil. Segunda acepción: irritar, exasperar. Es evidente, que si algo moviliza a miles de ciudadanos en la extensión de Argentina, debe ser algo más que un simple enojo. Será entonces, algo más que brota desde los músculos sensatos del constitucionalismo. NO es exclusiva de la clase media, la ley de presupuestos, tampoco el preámbulo. Hagamos memoria: “con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior…” Mientras hacemos este repaso, nuestros representantes leen el último informe del Banco Mundial.

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