La música del Maestro, presente en las aulas

Rodeado de libros, y cerca de su piano el profesor Enrique Correa, más conocido como “Corchito”

, a los 67 años, hizo

un repaso de su vida como docente, abogado y músico.

Se suele llamar “maestros” a los músicos de jerarquía y de la talla de Enrique, quien le ha rendido pleitesía a la vocación de enseñar, no sólo en el ámbito musical, sino a lo largo de los 40 años en los que fue profesor de música en aulas de localidades como Marcos Paz, General Las Heras, Merlo, Moreno, Capital Federal. Tantos reconocimientos que un día iba caminando por la calle Florida (Capital Federal) y lo paró un joven para decirle que había sido alumno suyo, que le había puesto un 10 en la materia música y luego de esto lo abrazó. El chico era de Moreno, y tocaba la guitarra. Eso es algo valioso que recuerda, el reconocimiento de sus propios alumnos y el apoyo incondicional de su esposa Mecha. “La vida es un misterio: trabajaba en Esmeralda y Marcelo T de Alvear y en Tribunales y de repente aparezco en Marcos Paz dando clases de música. Estoy muy contento con mi vida, hay que hacer un balance de lo que hicimos, lo positivo y negativo, pero no me puedo quejar. Hay que aguantar también tener un padre músico que se la pase tocando el piano, dando clases o ensayando”, reflexionó Correa.

Sentado al otro lado de su escritorio, en una charla íntima en su domicilio, Enrique dialogó con este medio en el marco del día del maestro, profesión por medio de la cual transmite su arte a personas de todas las edades. “Mis primeras experiencias fueron las clases particulares en Capital Federal y después empecé a enseñar en una Universidad Popular de Belgrano, les enseñaba a tocar la guitarra a cuarenta chicos, salía medio mareado del aula porque tenía que afinar cuarenta guitarras”, comenzó contando el maestro. Años más tarde terminó su carrera en el Conservatorio Nacional, donde adquirió una formación pedagógica y didáctica sobre la enseñanza de la música, “además creo que tiene que haber una predisposición para enseñar, creo que no es vocación, es afición”.

El hombre, nacido en el barrio de Flores, pasó parte de su infancia en este lugar hasta que se mudó con su familia al barrio de Caballito, donde cursó la primaria y secundaria en dos colegios religiosos y en uno estatal. Tuvo su primer contacto con la música gracias a su madre, a los 15 años se juntaba con chicos de su edad para formar bandas de rock, siempre ocupando su lugar en los teclados. “Había un lugar en la calle Pueyrredón que nos tenía fascinados, se llamaba La Cueva y tocaban bandas de jazz. Ahí escuché músicos muy importantes. Solía tocar un pianista al que yo admiraba mucho, que era el pianista de los Wawanco y escuché a muchos pianistas que iban a tocar a ese lugar”, recordó el músico.

Al mismo tiempo que comenzó a estudiar en el Conservatorio se anotó para cursar la carrera de Derecho y a su vez le tocó hacer el servicio militar, que lo obligó a parar por dos años. Cuando retomó sus estudios, trabajó un tiempo en Tribunales, pero no era lo que más le gustaba, entonces se puso a trabajar en la librería de su tío, “estaba en contacto con el arte y las novedades, conocí a mucha gente, músicos como Piazzola, Richard Clayderman y charlé con Jorge Luis Borges”, contó Enrique, agregando que aún tiene la silla donde se sentaba la mamá de Borges cuando iba a conversar con su tía a la librería.

Un buen día, casi cuarenta años atrás, una mujer de Marcos Paz llega a la vida de Enrique, siendo este el momento en que el músico abandona la gran ciudad para instalarse acá y deleitar con su música a todos los marcospacenses.  Desde aquí continuó sus estudios y comenzó a trabajar como profesor de música en colegios de la zona.

“En la enseñanza hay uno que enseña y otro que aprende y a veces no hay comunicación, por más voluntad que uno ponga,  o puede que haya una comunicación terrible y todo se da solo. Depende del interés de los chicos. Hace un año que me jubilé, ejercí la profesión por casi 40 años. Una vez me dio un infarto y estuve internado en la Fundación Favaloro, y los que estaban internados conmigo eran todos docentes, por eso puede ser que los docentes necesiten asistencia psicológica pero nunca se me ocurrió atenderme en ese momento”, señaló Corchito, que fue protagonista de innumerables anécdotas en el ámbito de la educación.

En su carrera como docente, conoció muchos chicos de origen boliviano y jujeño, chicas de distintos coros, que formaron grupos de música fusionándose entre ellos, cada cual tocando su instrumento músical, “si el profesor y los alumnos están entusiasmados se genera una corriente muy importante que permite avanzar para adelante, la música es participación y un momento de distensión”. Opinó que la docencia es una tarea muy estresante y pesada, que las jubilaciones deberían ser a una edad más temprana y los docentes tendrían que estar mejor recompensados; además confesó que se le ha cruzado por la cabeza la idea de abandonar esta labor, o le surgían dudas del lugar que ocupaba.

Entre las participaciones más importantes que mencionó Correa, recordó su paso por el coro Keneddy en el teatro Cervantes, la aparición en canal 2 y un premio recibido en Tandil, entre otras menciones, sumadas a las innumerables actuaciones en los escenarios locales. En el mes de mayo, Enrique Correa participó del ciclo “Sólo Piano” que se realizó en el Cine Teatro Roma, con motivo de la llegada de un piano que obsequiaron para el lugar, y el músico se lució junto a otros pianistas de Marcos Paz, que tocaron exquisitas piezas para todos los allí presentes. Explicó que a veces no le da el tiempo

ni la edad para seguir tocando piezas clásicas, “por eso me voy acomodando en base a lo que me gusta, además hay que dejarle el paso a los más jóvenes”.  

Uno de los maestros que más lo marcó en vida fu “Tadeo y era cura. Había es

tudiado en Roma y había sido becado por su Polonia para que aprendiera música. Sabía de todo, había pasado la guerra y tenía una experiencia de vida maravillosa”, acordándose también del profesor de Historia Sartú, y de sus métodos de enseñanzas, ya que no tenía cuadernos ni carpetas, sólo hablaba y contaba. “Aquel que no sabía algo sobre algún tema, el profesor lo citaba a las 5 de la tarde en la peluquería que estaba a la vuelta del colegio y le explicaba las cosas, hasta que no las sabía, no se iba”, señaló Corchito, admitiendo que había materias que detestaba (matemáticas, química, y otras) y tuvo que rendir exámenes para pasar de año en diciembre y en marzo.              Mariano y Nadia Plaza

 

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