La fiesta de los inmigrantes, previsible y desvirtuada

No caben dudas que año tras año, la feria del inmigrante es un espacio que gana público, que hasta el predio cercano a la plaza del ferrocarril queda… chico. Aunque también, se ha desvirtuado en algunos detalles a lo largo de los años.
Por un lado, siempre son las mismas colectividades las que ofrecen sus comidas tradicionales en las carpas, lo que la transforma en previsible antes de ser visitada. Se perdió el factor sorpresa, o la mirada artística que debería ofrecer un stand cultural. De hecho, se apreciaron cada vez menos objetos culturales (fotos, cuadros, elementos de fabriación casera, artesanías, etc., dentro de las carpas) y espectáculos variados vinculados a las colectividades de inmigrantes que supieron poblar nuestro país en determinadas épocas de la historia.
El otro punto central son las ferias de artesanos que acompañan a los expositores inmigrantes: más del 50% de los feriantes ofrecieron, durante todo el fin de semana, productos masivos o de fabricación china, lo que comúnmente uno puede comprar en un centro comercial como el de Once. Lo ideal hubiera sido que tratándose de una feria cultural y artística, los stands respondan en su gran mayoría a esos parámetros:  hubo muy pocos puestos en los que se notó el trabajo del artesano, ofreciendo productos de cuero, alambre, vidrio, tejidos, costuras, y madera, por ejemplo.
El municipio también colabora activamente con la fiesta del inmigrante, aportando fondos para que sea una fiesta de la familia. Esto es innegable, lo que siempre se cuestionó también es el destino de los fondos recaudados por los organizadores privados, ya que nunca se presentaron balances públicos en los medios.

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